ENTIENDIENDO A LOS CABALLOS

A lo largo de mis años como docente, me ha sido frecuente hallar varios alumnos que, al pedirles que apliquen los conocimientos teóricos directamente en el caballo,  presentan mucho temor al momento de acercarse a un caballo. Quizá su tamaño imponente, su aspecto musculoso, su temperamento nervioso y reacciones inesperadas que a veces presentan, o tan sólo alguna mala experiencia previa, sean las razones para dicho temor. Lo cierto es que, muy aparte de las mencionadas, la principal razón para temer a un caballo es en realidad porque NO LOS SABEMOS ENTENDER.

En primer lugar, hay que considerar que el caballo no es un animal agresivo por naturaleza ni por instinto. Por el contrario, siempre fue presa… un animal cazado por otros. Esta condición lo convierte entonces en un animal que, pese a su gran tamaño e imponentes dimensiones, realmente dichas características son simplemente el producto de una evolución para poder lograr las condiciones necesarias para huir o defenderse.

 

Si retrocedemos unos 55 millones de años, podemos encontrar al primer ancestro del caballo, cuyo nombre científico es Hyracotherium, y popularmente conocido (para quienes les gustan los crucigramas) como Eohippus. Lo curioso de este tátara-tátara-tátara (y más tátara) abuelo del caballo es que su altura promedio era de tan sólo 30 cm. ¡Es cierto, era mucho más pequeño que un cánido! Con este dato es que se puede explicar esa naturaleza de ser presa… debido a su tamaño.

 

Sin embargo, con el paso de los años, los ancestros del caballo continuaron evolucionando. Primero le crecieron las patas, lo cual les dio mayor altura, permitiéndoles una mayor agilidad y rapidez. Posteriormente, crecieron en dimensiones y alcanzaron un mayor volumen y peso. Eso gracias a una adaptación, también natural, de los dientes, que les permitió empezar a alimentarse de pasturas, dejando los granos, los arbustos y las hojas.

 

A pesar de ir evolucionando y alcanzando mayor tamaño y velocidad, su condición de presa nunca fue cambiada. Siempre mantuvo su condicionamiento para estar preparado para huir. Esto también explica que el caballo duerma muy poco, pues necesita mantenerse alerta para poder huir y ponerse a salvo.

 

Queda entonces claro que el caballo, por instinto, no ataca… huye. Su naturaleza no es agresiva, porque siempre ha sido amenazado por otros animales. Pero, ¿qué más podemos rescatar de esta información? Pues entender las reacciones que tienen los caballos.

Creo que todos, de una u otra forma hemos escuchado que, cuando pasamos cerca de un perro no deberíamos mostrar temor porque “los perros pueden oler nuestro miedo y atacarnos”. ¿Por qué se dice eso? Simplemente porque al momento que sentimos temor liberamos hormonas que tienen un olor característico que nosotros mismos no las sentimos (o no las sabemos identificar) pero el perro sí, e identifica miedo, temor, y lo traduce como una presa en potencia. Entonces, como el perro ha sido un cazador desde sus ancestros, sencillamente atacará o intentará cazar a su presa. Pero, ¿qué ocurre para el caso del caballo, que no es un animal cazador?

 

El caballo, dentro del proceso de domesticación, ha logrado asociar la presencia del ser humano como una especie dominante y también lo comprende como un cazador. Sin embargo, si se les trata adecuadamente, llegará a confiar pues sentirá una seguridad ante la presencia de una persona.

 

¿Qué ocurre cuando la persona muestra temor frente a un caballo? Si recordamos lo mencionado previamente con el caso del perro, éste como cazador, atacaría. Para el caso de un caballo, el cual asocia en la imagen del humano seguridad, dominio y superioridad, su reacción será de temor y desconcierto. Algo así como: “Si él, que me cuida, me protege y me domina tiene temor, ¿qué me puede pasar a mí?”. Es entonces que el caballo reaccionará y buscará DEFENDERSE y PROTEGERSE. Esas son las reacciones primarias que tendrá un caballo al sentir temor.

 

¿Cómo se defiende un caballo? Girando y mostrando los posteriores. Esa es una postura defensiva neta; y eventualmente, si la amenaza fuese muy grande, podría patear y atacar. La otra postura sería correr.

¿Cómo ataca un caballo? Tiene dos formas puras de ataque: MORDER Y MANOTEAR. Los caballos agresivos, que aunque son muy pocos también existen, muerden o se abalanzan con los miembros anteriores, a veces simplemente con manotazos bajos y, en otros casos, adoptando una postura mucho más amenazante como es elevándose y mostrando las manos en lo alto.

 

En conclusión, no debemos mostrar temor frente a un caballo. Por el contrario, debemos hacerles sentir seguridad, comodidad y brindarles protección. Esto no significa confiarnos frente a ellos. La mayoría de accidentes ocurren por descuidos de uno mismo. Cuando se trata con un caballo agresivo, uno toma mayores precauciones. Sin embargo, cuando se trata con un caballo manso, uno se confía y asume que no va a pasar nada descuidándose, y es entonces que ocurren los accidentes, ya que basta un pequeño movimiento del caballo que nos encuentre en una mala posición, para que, sin intención, el caballo nos pueda hacer daño… pero no porque éste haya querido, sino porque NOSOTROS LO PROPICIAMOS.

Por lo tanto, mi recomendación cuando se presenten ante un caballo es mantenerse alerta pero sin miedo; permitir que el caballo tome la iniciativa y se acerque. Si mantenemos la serenidad, él sentirá confianza, le agradará nuestra presencia y entonces permitirá que nos acerquemos, lo acariciemos y podremos disfrutar de todo ese cariño y ternura que un caballo nos puede dar.

 

Sabino A. Arias

Médico Veterinario

CMVP N° 5575

(c)MSc. Veterinaria, Medicina y Cirugía

 

Atención Veterinaria S.A.C.

Hipódromo de Monterrico

Lima - Perú

 

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